¿Estamos viviendo una burbuja de inteligencia artificial?
La IA ya no se financia con promesas. Durante los últimos años, la inteligencia artificial se presentó como una revolución tecnológica. Ahora empieza a parecerse también a una revolución a nivel financiera. Viendo el detrás de ChatGPT, los nuevos modelos de lenguaje y las nuevas IA que son capaz de generar imágenes, programar o analizar millones de datos existe una infraestructura física gigantesca que casi nunca ve el usuario: centros de datos, redes eléctricas, sistemas de refrigeración y, sobre todo, cientos de miles de procesadores avanzados.
Construirla cuesta cantidades grandes de dinero. La última demostración llegó esta semana. SpaceX prepara una financiación de alrededor de 40.000 millones de dólares destinada a adquirir chips de Nvidia, según información publicada por Financial Times y recogida por Reuters. La estructura contemplaría aproximadamente 10.000 millones en préstamos bancarios y otros 30.000 millones mediante deuda con grado de inversión.
Pero esos 40.000 millones son apenas una pieza de algo mucho mayor.
El Fondo Monetario Internacional estima que las inversiones relacionadas con inteligencia artificial podrían alcanzar los 3,4 billones de dólares hasta 2029, una cantidad enorme. Aproximadamente el 70% correspondería a los grandes hyperscalers, las compañías que están construyendo la infraestructura necesaria para operar la nueva economía digital. La pregunta que tendríamos que hacernos es: Puede la inteligencia artificial generar suficiente dinero como para justificar esta gran inversión?
Hasta hace relativamente poco, las grandes tecnológicas podían financiar buena parte de sus inversiones con el enorme flujo de caja generado por su cartera de negocios tradicionales. Google tenía la publicidad. Microsoft, el software empresarial y su nube. Amazon, AWS y el comercio electrónico. Meta, sus plataformas publicitarias.
La inteligencia artificial está cambiando esta ecuación. El Banco de Pagos Internacionales calcula que los cinco mayores hyperscalers invertirán conjuntamente más de un billón de dólares en infraestructura vinculada a IA entre 2025 y 2026. El problema es que el ritmo de inversión empieza a superar los beneficios y el flujo de caja libre generado por algunas de estas compañías.
Y cuando el dinero generado internamente deja de ser suficiente, aparece el crédito.
Las grandes tecnológicas emitieron más de 100.000 millones de dólares en bonos durante 2025, mientras crecían también otras fórmulas de financiación mediante fondos privados, vehículos especiales y acuerdos fuera de balance.
Estamos pasando, por tanto, de una revolución tecnológica financiada principalmente con los enormes beneficios de Silicon Valley a otra etapa en la que bancos, aseguradoras, fondos de pensiones y gigantes del capital privado empiezan a financiar directamente la infraestructura de la IA.
Y ahí tenemos a un nuevo actor, Wall Street.
Nvidia ya no quiere limitarse a vender procesadores. En agosto anunció acuerdos con Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR para crear plataformas capaces de movilizar más de 500.000 millones de dólares de capital externo destinado a infraestructura de inteligencia artificial.
La idea es convertir la capacidad informática en algo parecido a una nueva clase de activo financiero.
Un fondo puede financiar los chips y el centro de datos. Una empresa tecnológica alquila esa capacidad durante años. Los ingresos futuros permiten pagar la deuda.
Es una lógica que recuerda a otras grandes infraestructuras: autopistas, aeropuertos, redes eléctricas o parques energéticos.
Con una diferencia importante.
Una autopista construida hoy puede seguir funcionando dentro de treinta años.
Un procesador de inteligencia artificial comprado hoy podría quedar tecnológicamente superado mucho antes.
El propio FMI advierte de este problema. Mientras la contabilidad de muchas compañías supone vidas útiles relativamente largas para determinados activos tecnológicos, la velocidad con la que aparecen nuevas generaciones de GPU podría acelerar enormemente su obsolescencia.
Y eso altera toda la ecuación financiera.
Porque una deuda puede durar diez años aunque el activo que la justificó deje de ser competitivo mucho antes.
Entonces tenemos el círculo de dinero de la inteligencia artificial; y existe además un fenómeno todavía más interesante: la financiación circular.
En el ecosistema de la IA, las mismas compañías pueden aparecer simultáneamente como proveedores, clientes, inversores y financiadores. Un fabricante de chips invierte en una empresa de inteligencia artificial.
Esa empresa utiliza el capital para comprar infraestructura basada en los chips del mismo fabricante.
Un proveedor de nube financia o invierte en un laboratorio de IA. Ese laboratorio utiliza después buena parte del dinero contratando capacidad informática al mismo proveedor.
El negocio existe, pero seguir el recorrido real del dinero empieza a ser más complicado.
El FMI lleva meses señalando este fenómeno. Su análisis sostiene que este tipo de relaciones puede aumentar la interconexión financiera del sector y hacer más difícil determinar cuánto de la demanda responde a necesidades económicas independientes y cuánto está siendo impulsado por el propio circuito de financiación.El problema no aparece mientras todo crece. Aparece cuando uno de los participantes deja de crecer.
Entonces, nos tenemos que preguntar aquello que vimos en historia económica en el colegio; estamos ante otra burbuja puntocom?
A finales de los años noventa, internet iba a transformar el mundo. Y lo hizo. Pero eso no impidió que existiera una gigantesca burbuja financiera alrededor de internet. Una tecnología puede ser revolucionaria y al mismo tiempo estar sobrevalorada financieramente.
Muchas empresas desaparecieron después de la burbuja puntocom. Sin embargo, la infraestructura construida durante aquellos años como la fibra óptica, servidores y redes terminó siendo fundamental para la economía digital posterior.
La IA podría tener un camino parecido.
Pero existen diferencias importantes.
Las compañías que lideran actualmente la revolución tecnológica no son pequeñas empresas sin beneficios como muchas de las protagonistas del año 2000.
Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta o Nvidia generan enormes cantidades de dinero.
El FMI considera, de hecho, que la posible sobrevaloración actual del mercado estadounidense continúa siendo considerablemente menor que durante la burbuja puntocom y señala que los grandes hyperscalers todavía mantienen balances sólidos y elevados flujos de caja.
Eso hace que hablar de una burbuja idéntica a la del año 2000 sea demasiado sencillo.
Pero no elimina el riesgo.
El verdadero problema es: las expectativas
El riesgo de la inteligencia artificial no consiste necesariamente en que la tecnología fracase.
Puede funcionar extraordinariamente bien y aun así decepcionar financieramente.
Todo depende de las expectativas incorporadas en las inversiones actuales.
Si una empresa construye un centro de datos esperando obtener una rentabilidad del 20% y termina obteniendo un 10%, la tecnología habrá funcionado.
La inversión, quizá no.
Y cuando miles de millones de dólares de deuda dependen de esas expectativas, una pequeña diferencia puede convertirse en un problema enorme.
Un estudio publicado este año por el BIS modelizó precisamente esta carrera. Su conclusión es especialmente llamativa: bajo sus supuestos conservadores, la competencia por dominar la inteligencia artificial podría provocar una inversión aproximadamente 50% superior al nivel económicamente eficiente.
Por qué invertir demasiado? Porque para cada empresa individual puede ser racional hacerlo.
Nadie quiere descubrir dentro de cinco años que ahorró miles de millones mientras su competidor construía la infraestructura que terminó dominando el mercado.
Microsoft no sabe quién ganará.
Google, Amazon, Meta tampoco.
Pero todas conocen el coste potencial de quedarse atrás.
El resultado es algo así como una carrera armamentística pero tecnológica: incluso si colectivamente están construyendo demasiada capacidad, individualmente ninguna quiere ser la primera en frenar.
Nvidia vende las palas de esta fiebre del oro
Existe, sin embargo, una empresa situada en una posición extraordinaria; Nvidia.
Durante una fiebre del oro existe una vieja máxima empresarial: muchas veces resulta más rentable vender las palas que buscar el oro.
Eso es aproximadamente lo que está ocurriendo con los procesadores de inteligencia artificial.
Mientras laboratorios, empresas tecnológicas y proveedores de nube compiten por descubrir cuáles serán los modelos y aplicaciones ganadoras, Nvidia vende la infraestructura necesaria para que todos puedan intentarlo.
La compañía incluso está ayudando a desarrollar las estructuras financieras que permitirán a sus clientes comprar todavía más infraestructura. Su alianza con grandes firmas de inversión pretende movilizar más de medio billón de dólares para ello. Es una posición comercial extraordinariamente poderosa.
Pero también genera una pregunta incómoda.
¿Qué ocurre si dentro de unos años descubrimos que se construyeron más centros de datos de los necesarios?
Una burbuja no significa que la IA sea humo
Aquí conviene hacer una distinción fundamental.
Cuestionar las valoraciones o el volumen de inversión no significa cuestionar la utilidad de la inteligencia artificial.
Internet sobrevivió al Nasdaq de 2000. Los ferrocarriles sobrevivieron a las burbujas ferroviarias del siglo 19. Las telecomunicaciones sobrevivieron al exceso de fibra óptica. Muchas de las grandes transformaciones económicas de la historia estuvieron acompañadas por períodos de inversión excesiva.
Porque cuando aparece una tecnología capaz de modificar profundamente la economía nadie sabe exactamente cuánto valdrá.
Primero llegan las expectativas. Después llega el capital. Y finalmente llega la realidad. A veces las tres cosas coinciden. Muchas veces no.
Qué podría hacer estallar la burbuja?
Probablemente no sería necesario que la inteligencia artificial dejara de funcionar.
Bastaría con que los ingresos crecieran menos de lo esperado.
Si las empresas descubren que los usuarios no están dispuestos a pagar suficiente por los servicios de IA, los laboratorios reducirán sus compras de capacidad informática.
Los proveedores de nube necesitarán menos centros de datos.
Los centros de datos comprarán menos procesadores.
Y los inversores empezarán a preguntarse si los cientos de miles de millones prestados podrán generar la rentabilidad esperada.
El FMI advierte precisamente de ese mecanismo: una corrección de las valoraciones tecnológicas combinada con condiciones financieras más restrictivas podría extender sus efectos mucho más allá de Silicon Valley debido al tamaño que han adquirido estas compañías y a la participación de inversores internacionales.
Cuanta más deuda entre en el sistema, mayor será esa sensibilidad.
Pero también existe el escenario contrario
Existe otra posibilidad. Que dentro de diez años miremos estas cifras y parezcan pequeñas. Si la inteligencia artificial aumenta significativamente la productividad, automatiza tareas, reduce costes y crea industrias que todavía no existen, la demanda de capacidad informática podría seguir aumentando durante décadas.
En ese escenario, los centros de datos actuales no representarían un exceso de capacidad.
Representarían apenas los primeros kilómetros de una infraestructura económica completamente nueva.
Es precisamente por eso que resulta tan difícil valorar este momento.
El mercado no está intentando poner precio únicamente a Nvidia, Microsoft o un determinado centro de datos.
Está intentando calcular cuánto valdrá una tecnología cuyo impacto económico todavía desconocemos.
La inteligencia artificial ya superó la etapa en la que podía analizarse únicamente como una innovación tecnológica. Ahora también es una historia de mercados financieros.
Deuda, bonos, fondos de inversión, electricidad, centros de datos, chips y expectativas.
Nunca se había movilizado tanto capital en tan poco tiempo alrededor de una tecnología todavía tan joven. El BIS considera el actual despliegue de IA uno de los mayores booms de inversión tecnológica de la historia de Estados Unidos.
Quizá estemos construyendo la infraestructura que sostendrá la economía de las próximas décadas.
Quizá estemos construyendo demasiada infraestructura demasiado rápido.
Lo más probable es que exista algo de ambas cosas. La historia económica demuestra que las grandes revoluciones tecnológicas rara vez avanzan en línea recta. Primero generan entusiasmo. Después atraen capital. Luego aparecen excesos. Finalmente, el mercado separa las empresas que realmente crearon valor de aquellas que simplemente aprovecharon la euforia.
Internet cambió el mundo aunque la burbuja puntocom explotara.
La inteligencia artificial también puede cambiarlo aunque algunas de las inversiones que hoy parecen inevitables terminen siendo ruinosas.



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